Priestly Ordinations 2019

Meet the new priests

Fr. James Cleary, LC

Cleary

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Un trasplante de corazón y la felicidad

Desde Dunedin, Nueva Zelanda hasta Santiago, Chile, Dios quería un corazón de carne y su poder supera lo que podamos pensar o incluso pedir. En realidad, nunca quise ser sacerdote. Pero Dios sí lo quiso. Y ahora no podría estar más feliz.

 

Cada historia tiene un comienzo… pero no sabemos el final.

No me escogieron ustedes a mí, sino que yo los escogí a ustedes y los comisioné para que vayan y den fruto, un fruto que perdure. Juan 15,16

Nací en Dunedin, Nueva Zelanda, en 1987. Soy el tercero de cuatro hijos, un gemelo mayor, así que por diez minutos me escapé de ser el menor. Mi familia siempre fue religiosa, según los estándares de Nueva Zelanda.

Siempre tuve el ejemplo de la fe viva y de la búsqueda de Jesús por parte de mis papás, Juan y Teresa. Sin embargo, debo admitir que mi propia vida de Fe fue más externa: consistía en cumplir reglas pero no en  amar a la persona que es el centro y que da sentido al ser cristiano, Jesús. Pero Dios se encarga de estos detalles con el tiempo.

Mirando hacia atrás, pensé en ser sacerdote solo una vez: brevemente por no más de tres días. Fue al ver la ordenación de un joven al diaconado, cuando pensé: “eso es algo realmente noble y heroico”. Pero ese pensamiento pasó rápidamente. Había otras formas de ser noble y heroico que me atraían más.

Mis padres eran miembros del movimiento Regnum Christi a principios de la década de 1990, y en 1998, un sacerdote de los Legionarios de Cristo, el P. Emilio Díaz-Torre, visitó Dunedin y brindó una explicación sobre lo que era el ECYD. Parecía una buena idea: un grupo juvenil de amigos católicos, haciendo juntos actividades divertidas y decidí unirme a este grupo.

Ese año, mi hermano, Simon, fue a un campamento de verano dirigido por los legionarios en 1998. Allí él quedó fascinado por algo llamado “la escuela apostólica”, un seminario menor. Regresó diciendo que se sentía llamado a ser sacerdote. Mi madre pensó que era un pensamiento fugaz basado en lo divertido que había sido el campamento de verano. Pero, Simon demostró a mi madre y al resto de nuestra familia que tal pensamiento no era tan fugaz. Cuando regresó del campamento de verano, Simon iba a misa todos los días, sin importar la lluvia o el sol,  con la familia o solo en su bicicleta. Quería realmente ir y un año después partió rumbo a la escuela apostólica en New Hampshire.

La escuela apostólica

Tú me has seducido, Señor, y yo me he dejado seducir; has sido más fuerte que yo, me has podido. Jeremías 20,7

Tuve una experiencia al estilo de Jeremías. Al ser educado en casa, cualquier distracción siempre era bienvenida. Entonces, cuando a principios de 2001, sonó el teléfono, corrí para contestar el teléfono. Simon estaba llamando. Ese año iba a graduarse de la escuela apostólica y entrar al noviciado de los Legionarios. Me preguntó si quería ir New Hampshire – y mi oído fue selectivo, pues escuché “campamento de verano.” Por supuesto, dije: quién no querría ir a una aventura internacional y perder un mes y medio del año escolar (las vacaciones en Nueva Zelanda son en diciembre y enero). También le preguntó a mi gemelo, pero por diferentes razones, mi gemelo dijo que no. Entonces llegó un formulario de solicitud. Me preguntaban por qué quería ser sacerdote… Me di cuenta de que lo que había pensado que era un campamento de verano, era en realidad un cursillo de verano para jóvenes que querían ser sacerdotes. Recuerdo muy claramente mi respuesta a esa pregunta específica en el formulario: escribí “No lo sé, pero estoy abierto a ser un sacerdote si Dios lo quiere”, y dejé el resto de la página en blanco.

Fui a la escuela apostólica con la idea de pasar un buen rato y luego volver. Mi madre, sin embargo, estaba llorando de camino al aeropuerto. Pensé que era extraña esta reacción: pues supuestamente iba a regresar. Pero cuando llegué allí, aunque los otros jóvenes no siempre entendían mi inglés, me sentí en casa, en una familia compuesta de personas de todas las partes de Estados Unidos. Es la única explicación que puedo dar. Quería quedarme allí y sentí que estaba llamado a ser legionario de Cristo. Pero esta decisión de un joven de 14 años iba a tener bastantes años de discernimiento.

 

Primeros años de formación

En 2004, cuando me gradué de la escuela apostólica, entré al noviciado de los legionarios de Cristo en Cheshire, Connecticut. Recuerdo esos dos años de lucha: sabía en lo más profundo que Dios me llamaba a ser legionario, pero no lo quería. Recuerdo que pedí salir del noviciado en 2005, y el instructor dijo “Adelante”. No esperaba esa respuesta. Me eché a llorar: sabía que me iría no por un verdadero discernimiento. Y entonces dije que en realidad no quería irme. Más tarde, ese mismo año, el instructor me dijo algo que siempre me había quedado en la cabeza. Él dijo: “Dios te quiere feliz. No estás feliz aquí. Quizás deberías irte.” Me eché a llorar de nuevo. Sabía por qué no estaba feliz: estaba tratando de ser perfecto en el exterior, pero no dejaba que mi corazón cambiara, aferrándome a pequeñas cosas de las que Dios estaba tratando de desprenderme. La razón por la que no estaba feliz era yo mismo, no Dios.

Pero Dios tiene sus caminos. Hice mi primera profesión el 2 de septiembre de 2006. Los últimos meses de noviciado fueron momentos de gran crecimiento. Los dos años posteriores a la profesión, durante las humanidades, la etapa de formación donde estudiamos las humanidades clásicas fue un período de paz. Estaba feliz y estaba ocupado con algunos proyectos diferentes. Recuerdo que al final de los estudios, estaba trabajando en conectar un teléfono para una conferencia y conocí a mi futuro rector. Salí de la habitación y me topé con él. Buscaba los altares para celebrar misa y me preguntó en español dónde estaban. Dije algo así como “Por el hallway, bajo las stairs” porque mi español no era demasiado bueno. Me respondió, riéndose, en inglés: “No te preocupes. Mi inglés es tan malo como tu español”. Poco sabía que en dos meses estaría en su comunidad.

Después de completar las humanidades, en 2008 me enviaron a Roma para estudiar filosofía y trabajar en la Dirección General, la sede general de los Legionarios de Cristo. Lo pasé muy bien y realmente florecí en esos dos años. Parte de eso fue porque tuve la bendición de vivir con sacerdotes y hermanos de diferentes edades y niveles de formación. También fue en Roma donde aprendí por primera vez acerca de la doble vida de nuestro fundador, incluyendo que las serias acusaciones sobre él podrían ser ciertas y que la Legión iba a tener una visita apostólica. Recuerdo que pensé: “Ahora es el momento perfecto para salir. Nadie te cuestionaría”. Pero, nuevamente en la capilla, surgió otro pensamiento: “Genial, pero ¿dónde está Dios en esta idea? ¿Qué quiere Dios?” Y volví a sentir la certeza de que Dios me estaba llamando a ser un legionario… a donde sea que me llevara.

Después de haber trabajado en la secretaría, me sorprendió saber que para mis prácticas apostólicas iría a Atlanta para ser secretario en la Dirección Territorial de los Estados Unidos. Recuerdo que hice una apuesta con un hermano que me había dicho que iba a ser secretario. Le dije que rezaría un rosario por él si terminaba yendo a una secretaría. Estaba seguro de que no iría. Pero Dios tiene sus caminos.

Estuve muy ocupado como secretario. Supongo que hice un buen trabajo y estuve involucrado en bastantes cosas. Sentí que estaba realmente floreciendo. Además, fui secretario personal del P. Luis Garza, L.C. cuyo ejemplo sacerdotal me ha dejado un profundo impacto.

Profesión perpetua y Roma

Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo; quitaré de vuestro cuerpo el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Ezequiel 36,26

Después de dos años de prácticas, hice mi profesión perpetua el 1 de septiembre de 2012 en Cheshire. Antes de profesar los votos, discerní bastante si Dios me estaba llamando a ser legionario, en medio de la crisis de la Legión. Después de mucha oración y consultas con otros legionarios, sacerdotes de otras órdenes religiosas y laicos, sentí la certeza de que sí, yo había sido llamado a ser legionario. El momento inicial de sentirse “en casa” en la escuela apostólica había madurado y resistido varias tormentas para poder saber que esto era lo que Dios quería.

Ese momento de mi profesión perpetua fue un faro para mí el año siguiente. Porque vino otra tormenta. El ajetreo de ser secretario y otras razones me llevaron a algunos meses que, según descubrí más tarde, fueron un ligero agotamiento y depresión. Fueron unos meses de cierta oscuridad y lucha. Recuerdo el alivio que sentí cuando descubrí que regresaba a Roma. Pero también supe que iba al Colegio Internacional, no a la Dirección General: era algo nuevo y masivo, con 400 seminaristas y sacerdotes en diferentes comunidades. Aunque al principio fue difícil adaptarse al tamaño y la dificultad de no de estar ocupado, ahora lo considero una gozada haber ido al Colegio. Fue una especie de nuevo comienzo. Ya no estaba enfocado en hacer cosas por Dios, más bien estaba enfocado en ser formado por Dios. Allí también, muchos hermanos fueron colocados por Dios en mi camino, un camino que no era otra cosa que un trasplante de corazón. Porque Dios obró en mi corazón.

El nuevo corazón fue una transformación de tratar de ser un religioso “perfecto” – que cumplía todo con mucho voluntarismo – a esforzarse al menos por ser un religioso que ama a Jesús y a mis hermanos; desde ser alguien que trató de aferrarse, o tener el control, a ser alguien que intenta al menos se abandona y permite ser guiado por Dios.

Recuerdo haber descubierto los libros de Henri Nouwen The Wounded Healer (El Sanador Herido) and Life of the Beloved (Tu Eres Mi Amado). Dios me habló en ellos. Otro momento importante fue cuando, en los ejercicios espirituales de un mes, descubrí por accidente a Santa Teresa de Lisieux y su espiritualidad, una espiritualidad que algunos llaman la espiritualidad de la imperfección. Dios también me llamó a experimentarlo en formas nuevas y más profundas que con la ayuda de mi director espiritual, el padre Alex Yeung, L.C. pude descubrir y responder.

Creo que es tan fácil para un anglosajón pensar sutilmente que Dios nos ama si lo amamos a él. Y lo amamos cumpliendo lo que nos manda. Pero no podemos merecer, ni mucho menos “ganar” el amor de Dios. Somos amados, incondicionalmente, a pesar y a través de todo. Este cambio de corazón, de piedra a carne, también es más tierno y duele más. Pero Dios quiere que un sacerdote sea un hombre de Dios, un hombre con un corazón de Cristo que sienta gozo y dolor.

En mi último año de teología, tuvo lugar otro evento importante. Un buen hermano y amigo, el H. Anthony Freeman, L.C., falleció repentinamente, apenas unos meses antes de su ordenación diaconal. Su muerte y su ejemplo tuvieron un profundo impacto en muchos legionarios y en toda mi generación.

 

Los caminos de Dios

Que Cristo habite en vuestros corazones por la fe, para que, arraigados y fundamentados en el amor, podáis comprender con todos los creyentes cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa todo conocimiento, a fin de que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.
Efesios 3,17-19

Después de terminar la teología, el 6 de agosto de 2018 fui ordenado diácono en mi ciudad natal por Mons. Michael Dooley. Fue una ceremonia muy especial y sencilla. Mirando hacia atrás durante estos 17 años desde que dejé Dunedin, recuerdo lo que escribió San Pablo a los Efesios donde dice que Dios puede hacer “muchísimo más de lo que pedimos o pensamos” (Ef 3,20). Dios nos quiere felices a cada uno de nosotros. Y él puede hacer esto en formas que van más allá de lo que podamos pensar o pedir. Estos pocos meses como diácono en Santiago de Chile han enfatizado esto. Dios es tan grande que puede cambiar nuestros corazones y mucho más. Solo nos pide nuestro sí.

A Heart Transplant and Happiness

From Dunedin, New Zealand to Santiago, Chile, God wanted a heart of flesh and his power surpasses what we can think of or even ask for. I never seriously wanted to be a priest. But God did. And I couldn’t be happier.

Every story has a beginning… but we don´t know the end

You did not choose me, but I chose you and appointed you that you should go and bear fruit and that your fruit should abide. John 15:16

I was born in Dunedin, New Zealand in 1987. While the third of four children, I am the older twin so I escaped being the youngest child by 10 minutes. My family was always religious by New Zealand’s standards.

I always had the examples of my parents, John and Teresa’s, living faith and search for Jesus. However, I must admit that my own living of the Faith was more external: one of fulfilling the rules but not of loving the person who is the centre and the meaning of being Christian, Jesus. But God takes care of these details over time.

Looking back, I only once thought of being a priest: briefly for something like three days. It was seeing the ordination of a young man to the diaconate that I thought, “that’s really noble and heroic”. But that thought quickly passed. There were other ways to be noble and heroic that we more attractive for me.

My parents were members of the Regnum Christi movement in the early 1990’s, and in 1998, a priest from the Legionaries of Christ, Fr Emilio Diaz-Torre, visited Dunedin and explained what ECYD was. It seemed like a good idea: a youth group of fellow Catholics doing fun activities together and I joined.

That year, my brother, Simon, went to a summer camp run by the Legionaries in 1998. There he was fascinated by something called an ‘apostolic school’, a minor seminary. He came back saying he felt called to become a priest. My mum thought it was just fleeting thought based on how fun the summer camp was. But, Simon soon proved to mum and the rest of our family that this desire was not. When he came back from the summer camp, Simon went to mass every day, rain or shine, whether with the family or by himself on his bike. He was serious about going and a year later he went to the apostolic school in New Hampshire.

The Apostolic School

You have seduced me, Yahweh, and I have let myself be seduced; you have overpowered me: you were the stronger. Jeremiah 20:7

I had a Jeremiah experience. Being home-schooled, any distraction was always welcome. So, when in early 2001, the phone rang, I ran to answer the phone. It was Simon. That year he was going to graduate high school and enter the novitiate of the Legionaries. He asked if I wanted to go – and my hearing must have been selective as I heard ‘summer camp’ – to New Hampshire. I said of course: who wouldn’t want to go on an international adventure and miss a month-and-a-half of the school year (holidays in New Zealand are in December and January). He also asked my twin, but for different reasons, my twin said no. Then an application form arrived. It asked me why I wanted to be a priest. I realized that what I thought was a summer camp was really a summer program for guys who wanted to be priests. I remember very clearly my answer to that specific question in the form: I wrote ‘I don’t know, but I’m open to being a priest if God wants it’ – and left the rest of the whole page blank.

I went to the apostolic school with the idea of having a great time and then coming back. My mum, though, was crying on the way to the airport. I thought it was strange: I was coming back. But when I arrived there, even though the other guys didn’t always understand my English, I felt at home in a family with others from across the United States. It’s the only explanation I can give. I wanted to stay there and felt that I was called to be a Legionary of Christ. But this decision of a 14-year-old had quite a few years of discernment.

First years of Formation

In 2004, when I graduated the apostolic school, I entered the novitiate of the Legionaries of Christ in Cheshire, Connecticut. I remember those two years as ones of struggle: I knew in my depths that God called me to be a Legionary, but I didn’t want it. I recall that I asked to leave in 2005, and the instructor said ‘sure’. I wasn’t expecting that answer. I burst into tears: I knew that I would be leaving not because of a true discernment. And so I said that actually I didn’t want to leave. Later that year, the instructor told me something that has always stuck in my head. He said, ‘God wants you happy. You aren’t happy here. Perhaps you should leave.’ I burst into tears again. I knew why I wasn’t happy: I was trying to be perfect externally but not letting my heart be changed, holding onto little things that God was trying to have me let go of. The reason I wasn’t happy was me, not God.

But God has his ways. I made my first profession on September 2, 2006. Those last few months of novitiate were moments of great growth. The two years after profession, during humanities, the stage of formation where we study the liberal arts, was a period of peace. I was happy and was busy with a few different projects. I recall at the end of the studies, I was working on hooking up a conference phone and I met my future rector. I came out of the room and bumped into him. He was looking for the altars to celebrate mass and asked me in Spanish where they were. I said something like “Por el hallway, y debajo de los stairs’ because my Spanish wasn’t too good. He answered me, laughing, in English: “Don’t worry. My English is just as bad as your Spanish.” Little did I know that in two months, I’d be in his community.

After completing humanities, in 2008 I was sent to Rome to study philosophy and work in the General Directorate, the general headquarters of the Legionaries of Christ. I had a great time and really thrived in those two years. Part of that was because I was blessed to live with priests and brothers of many different ages and formation levels. It was also in Rome that I first learned about our founder’s double life, including that the serious allegations about him could be true, and that the Legion was going to have an apostolic visitation. I recall thinking: ‘Now is the perfect time to leave. No one would question you.’ But, again in the chapel, another thought came: ‘Great, but where is God in this idea? What does God want?’ And I felt again the certainty that God was calling me to be a Legionary… wherever that led.

Having worked in the secretariat, I was surprised to learn that for my apostolic internship I was going to Atlanta to be a secretary in the Territorial Directorate for the United States. I remember I made a bet with a brother who told me I was going to be a secretary. I said that I’d pray a rosary for him if I ended up going to a secretariat. I was sure I wasn’t. But God has his ways.

I was really busy as a secretary. I guess I did an ok job and was involved in a quite a few things. I felt that I was really thriving. As well, I was personal secretary to Fr Luis Garza, L.C. whose priestly example left a deep impact on me.

Perpetual Profession and Rome

I shall give you a new heart, and put a new spirit in you; I shall remove the heart of stone from your bodies and give you a heart of flesh instead. Ezekiel 36:26

After two years of internship, I made my perpetual profession on September 1, 2012 in Cheshire. Before making these vows I discerned quite a bit whether God was calling me to be a Legionary – in the midst of the Legion’s crisis. After much prayer and consulting other Legionaries, priests of other religious orders, and lay persons, I felt the certainty that, yes, I was called to be a Legionary. The initial moment of feeling ‘at home’ at the apostolic school had matured and weathered several storms to be able to know that this is what God wanted.

That moment of my perpetual profession was a lighthouse for me the following year. For there came another storm. The busyness of being a secretary and other reasons lead me to a few months of, what I found out later, was a slight burn out. They were a few months of some darkness and struggle. I think back to the relief I felt when I found out I was going to Rome. But I also learnt I was going to the International College, not the General Directorate: it was something new and massive with 400 seminarians and priests in different communities. While at first it was hard adjusting to the size and the lack of being busy, I now count it a grace to have gone to the College. It was a sort of new beginning. No longer focused on doing things for God, I was focused on being formed by God. There too, many brothers were placed by God in my path, one of a heart-transplant. For God worked on my heart.

The new heart was a transformation from trying to be a ‘perfect’ religious – one who fulfilled all with a lot of voluntarism – to at least striving to be a ‘loving’ religious, one who loved Jesus and my brothers; from being someone who tried to hold on, or be in control to being someone who tried at least to let go and let God guide me. I remember discovering Henri Nouwen’s books The Wounded Healer and Life of the Beloved. God spoke to me in them. Another important moment was when in the month-long spiritual exercises, I stumbled upon St. Therese of Lisieux and her spirituality, a spirituality some call the spirituality of imperfection. God also called me to experience him in new and deeper ways that with the help of my spiritual director, Fr Alex Yeung, L.C. I was able to discover and respond to.

I think it is so easy for an Anglo-Saxon to think subtly that God loves us if we love him. And we love him by fulfilling what he commands us. But we cannot deserve, let alone ‘win’, God’s love. We are loved – unconditionally – despite and through everything. This heart, from stone to flesh, is also tenderer and hurts more. But God wants a priest to be a man of God, a man with a heart of Christ that feels joy and pain.

In my last year of Theology, another important event took place. A brother and a good friend, Br. Anthony Freeman, L.C., suddenly passed away , just a few months before his diaconate ordination. His death and example had a deep impact on many Legionaries and on my entire generation.

God’s Ways

May Christ dwell in your hearts that, being rooted and grounded in love, you may have power to comprehend what is the breadth and length and height and depth, and to know the love of Christ which surpasses knowledge, that you may be filled with all the fullness of God. Ephesians 3:17-19

After finishing Theology, I was ordained a deacon in my hometown by Bishop Michael Dooley on August 6, 2018. It was a very special and simple ceremony. Looking back over these 17 years since I left Dunedin, I recall what St Paul wrote in the Ephesians where he says that God “is able to do far more abundantly than all that we ask or think” (Eph 3:20). God wants each of us happy. And he is able to do this in ways far beyond what we can think of or ask for. These few months as a deacon in Santiago, Chile have emphasized this. God is so great he can change our hearts and so much more. He just asks us for our yes.